Estos días nos ha tocado despedir a Mina, nuestra gata, compañera silenciosa y presencia constante durante tantos momentos de la vida cotidiana. Su partida deja un vacío profundo, porque cuando un animal se marcha, no se va solo un ser pequeño: se va una historia, una presencia, una forma de amor que no necesita palabras.
Su historia: de las calles del Sarchal a un hogar lleno de cariño.
Mina no tuvo un comienzo sencillo. Fue una gata callejera del Sarchal, entrando y saliendo de la casa de mis suegros, buscando refugio en invierno y sombra en verano. Con el tiempo tuvo varias camadas, a las que cuidó con valentía y dignidad, enfrentándose a los peligros constantes de la calle: coches, perros descontrolados, frío, calor y la responsabilidad de proteger a sus crías.
Por fotos y recuerdos familiares, creemos que Mina murió con 17 años (aunque en su cartilla figuraban 15), lo que equivale aproximadamente a 84 años humanos. Una longevidad admirable en alguien que vivió tantos años expuesta a las dificultades de la calle.
Tuvo la suerte que muchos gatos no tendrán jamás: los últimos seis años de su vida los pasó en casas. Primero fue acogida por Belén, donde tuvo su última camada antes de ser esterilizada. Después, desde 2020, vivió de forma continua en casa de mis suegros, donde por fin pudo disfrutar de una vida tranquila, estable y segura. Y desde noviembre de 2022, ya con catorce años, pasó a vivir con nosotros, donde disfrutó de una vejez de cariño, calma y cuidados constantes.
Su presencia física y su manera de ser.
Mina era hermosa en su discreción. Sus ojos verdes parecían guardar secretos antiguos; su pecho blanco nuclear brillaba como una pequeña lámpara encendida en la penumbra. Y en su frente lucía una marca natural que recordaba sorprendentemente al tilak vaishnava, un detalle que siempre me llamó la atención y que, sin saberlo, conectaba su presencia con mi propio camino espiritual.
Caminaba como una reina, con serenidad, dignidad y ese aire silencioso de quien ha visto mucho y ya no teme nada. Maullaba de alegría cuando llegábamos a casa y nos hacía sentir, con naturalidad, que aquella también era su casa. Era una gata tranquila, sin travesuras, cuya presencia aportaba paz y armonía.
Isa: su cuidadora, su hija, su refugio
La relación más intensa y profunda en la vida de Mina fue la que tuvo con Isa, mi esposa. Para Mina, Isa no era solo su cuidadora: era su hija humana, su refugio y su sostén. Entre ambas existía una comunicación silenciosa y precisa: una mirada o un gesto bastaban para que Isa supiera exactamente qué necesitaba.
Isa la cuidó con una dedicación constante y amorosa. La mimaba con chuches, juguetes, mantas y, sobre todo, con presencia. Cuando Mina empezó a perder fuerzas, Isa estuvo a su lado día y noche, adaptando la casa, acompañándola en silencio y sosteniéndola cuando ya no podía más. Y fue Isa quien tomó la decisión más dura y más valiente: evitarle sufrimiento cuando ya no había vuelta atrás.
Sin Isa, Mina no habría tenido la vida que tuvo. Su amor fue, literalmente, un hogar.
El vínculo con mi hijo Govinda
Con nuestro hijo Govinda, Mina estableció una conexión inmediata y profunda. Fue él quien la trajo en el trasportín a comienzos de noviembre de 2022. Desde el primer día, Mina se subía a su pecho para dormir la siesta. Aquellas imágenes sencillas y llenas de ternura forman ya parte de nuestra memoria familiar. Govinda ahora cuida de un perrito llamado Thor.
Mi transformación personal
Cuando Mina llegó a casa, lo primero que dije fue: “Nadie me ha pedido permiso”.
Mi formación como sacerdote hindú me había inculcado que tener animales en casa podía considerarse asaucham, una impureza ritual. Y aunque soy vegetariano desde hace 40 años y siempre he respetado profundamente la vida, nunca había desarrollado un vínculo afectivo con los animales.Mina cambió eso.
Comenzó a acompañarme en mis meditaciones, en mis lecturas y en los rituales en el hogar. Su presencia no perturbaba nada; al contrario, aportaba serenidad. Me ayudaba a aliviar el cansancio, a aquietar la mente. Fue testigo silencioso de nuestras celebraciones de Diwali, Janmashtami y otras ceremonias, aportando su presencia amorosa y dándole un sentido nuevo a los rituales.
Durante esos años leí sobre gatos y revisité textos sagrados hindúes y de otras tradiciones donde se habla del respeto a todos los seres sintientes. Mina ensanchó mi corazón.
La enfermedad y el final
En octubre comenzó su deterioro. Perdió peso, perdió la visión y la veterinaria diagnosticó insuficiencia renal avanzada, que conduce inevitablemente a un fallo multiorgánico. Iniciamos tratamientos de hidratación y adaptamos la casa para facilitar su movilidad, pero los goteros, los trayectos y el estrés la agotaban profundamente.
Apenas comía, bebía muy poco y solo buscaba estar con Isa o dormir con nosotros sin moverse. Siempre tuvimos claro que la cuidaríamos hasta el final, sin prolongar su sufrimiento.
La despedida
El 4 de diciembre, mientras yo me encontraba en una reunión en Varsovia, Isa llevó a Mina al veterinario. La veterinaria explicó con claridad y compasión que Mina estaba en una fase irreversible. Prolongar el proceso solo aumentaría su dolor. Isa tomó la decisión final como un acto de amor.
Dos días antes, cuando salía de casa para comenzar mi viaje, me despedí de Mina acariciándola y recitándole al oído: “Mina, espérame… Om Namo Narayanaya”. Dios tenía otros planes, pues ya no la vería más físicamente.
Recibí la noticia por whatsapp, ya que no podía atender llamadas o escuchar audios en ese momento. Cuando terminó la primera sesión de la reunión en Varsovia, subí a mi habitación y lloré. Me lavé la cara, respiré hondo y recordé a mi querido Freddie Mercury, gran amante de los gatos, cantando The Show Must Go On: el espectáculo debe continuar. Bajé de nuevo y di mi conferencia, que fue apreciada y aplaudida, sin que nadie supiera el dolor que llevaba por dentro.
Regresé el día 8. Isa y yo nos abrazamos en silencio. La casa estaba vacía sin la presencia física de Mina.
Por desgracia, en nuestra ciudad aún no existe un crematorio para mascotas, una asignatura pendiente de nuestras autoridades. Todo ser que ha compartido nuestra vida merece una despedida digna también en lo físico.
Nos quedan las vivencias, las fotos y los vídeos, que hoy son pequeños tesoros. Y una certeza: no son “como de la familia”. Son familia. O más.
Agradecimientos y reflexión final
Quiero agradecer a las veterinarias Gabriela y Nabila, y al personal de Reinoso, por su profesionalidad, empatía y humanidad.
Agradezco profundamente a mis suegros, Pili y Alfonso, por haber alimentado a Mina durante tantos años y finalmente acogerla antes de que viniera a vivir con nosotros.
A los voluntarios que trabajan desinteresadamente cuidando a los gatos en las colonias, dándoles refugio, alimento, cariño y la esperanza de ser algún día adoptados.
Gracias también a todas las personas que nos han mostrado apoyo y empatía, y a quienes han sufrido la pérdida de una mascota y entienden este dolor sin necesidad de explicaciones.
Y, sinceramente, confieso mi tristeza —y también mi indiferencia— hacia quienes me critican por llorar y expresar mi dolor por la pérdida de Mina. Algunos se consideran muy “espiritualistas”. Yo solo sé que un corazón que no siente no puede comprender el amor ni la pérdida.
A los diez días de su partida celebramos una ceremonia hindú por su alma, algo que recomiendo a todos los que pierden a un compañero animal y que la adapten acorde a sus creencias.
Recomendación
Cuiden a sus animales. No basta con alimentarlos: necesitan tiempo, presencia y amor. Son seres sintientes, almas encarnadas en otros cuerpos.
Quiero añadir también una reflexión que considero necesaria. Los animales no son juguetes, no son objetos, no son caprichos temporales. Son seres vivos, sensibles, capaces de sufrir y de amar. En la tradición espiritual que sigo —y también en muchas otras— se enseña que toda acción tiene una consecuencia, que toda causa genera un efecto. A esto lo llamamos karma, crean o no en ese concepto. Quien maltrata, abandona o instrumentaliza a un animal siembra dolor, y ese dolor, tarde o temprano, regresa de una u otra forma. El respeto hacia los animales no es solo una cuestión ética o legal: es una cuestión profundamente espiritual.
Escribir este artículo ha sido también una forma de terapia y de confesión. Mina cambió mi corazón y mi manera de mirar a los animales. Hoy lo digo con humildad: soy un converso amante de los gatos.
“El alma no nace ni muere jamás. No ha surgido de nadie, ni surgirá. Es eterna, imperecedera y antigua. Cuando el cuerpo perece, ella no perece.” Bhagavad Gita 2.20
Mina, que tu alma alcance el destino supremo.
Om Shanti.







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